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Domingo 12 de Julio
Décimo quinto domingo durante el año. Ciclo A

“Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes.”.”
Sal. 64


Espíritu Santo, bendito seas por tu compañía constante Espíritu Santo, alabado seas por tu presencia que colma. Espíritu Santo, Vida nueva, impúlsame a vivir la Palabra Espíritu Santo, úngeme para que pueda anunciar esta Buena noticia que hoy escucho.

Amén.

Mt 13, 1-9

1En aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.2Se reunió tal cantidad de gente que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella, mientras toda la gente permanecía en la orilla.3Jesús les enseñaba muchas cosas en parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar.4Cuando sembraba, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron los pájaros y se las comieron.5Otras cayeron sobre un terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y, como esta no tenía profundidad, brotaron enseguida,6pero apenas salió el sol, las quemó y, al no tener raíz, las secó.7Otras cayeron entre las espinas, pero estas crecieron y las ahogaron.8Otras cayeron en tierra fértil y fueron dando fruto, una cien, otra sesenta, otra treinta.9El que quiera escuchar, que entienda».

Algunas preguntas para una lectura atenta

  1. ¿Qué tiene que hacer Jesús ante la gente y por qué?
  2. ¿De qué modo les enseñaba? ¿Qué es una parábola?
  3. ¿Qué pasa con las semillas según el tipo de terreno donde caen?
  4. ¿Qué quiere decir Jesús con esta parábola?
Algunas pistas para comprender el texto:

Mons. Damian Nannini

La introducción de este capítulo (vv. 1-3) tiene cierta solemnidad que nos recuerda el inicio del Sermón de la Montaña. Al igual que entonces Jesús está sentado (actitud del maestro para la Biblia) y se dispone a enseñar a una gran multitud que lo rodea. La gran diferencia es que ahora no hablará abiertamente, en lenguaje directo y llano, sino en parábolas. La parábola es una narración que habla de una realidad superior, en este caso del Reino de Dios, tomando imágenes de la realidad cotidiana con la cual se compara. Por un lenguaje figurado, no directo, supone un esfuerzo por parte del oyente, quien debe "involucrarse" con Jesús y su mensaje para poder comprenderla. Caso contrario, no se comprenden.

La parábola en sí (13,3-9) describe cuatro situaciones sobre la suerte de la semilla: la que cae a lo largo del camino; la que cae sobre terreno pedregoso; la que cae en medio de abrojos y la que cae en tierra buena. En el primer caso no hay siquiera crecimiento. En el segundo y tercero hay germinación, pero termina malograda. Sólo en el cuarto caso hay fruto centuplicado.

Sería mejor tal vez llamarla ‘parábola de los terrenos’ por cuanto el sembrador desaparece de escena pronto y todo el desarrollo se centra en la relación entre las semillas y los distintos terrenos.

Más adelante Jesús mismo explica esta parábola a sus discípulos (13,18-23) identificando la semilla con la “palabra del Reino” y los terrenos con el corazón. Entonces, decodifica cada una de las situaciones de la semilla/palabra, donde todos la escuchan, pero reaccionan de modo diverso ante la misma. En el primer caso se dice que no la entienden; entonces el maligno se la lleva. En el segundo hay recepción alegre al comienzo, pero sin echar raíz porque se es inconstante y ante la persecución o tribulación se la abandona. En el tercer caso, entre abrojos, las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan. Sólo en el cuarto se dice que la escuchan y "la comprenden"; y entonces dan fruto.

En Mateo el entender o comprender implica obedecer, llevar a la práctica la palabra, hacerla vida, dar fruto. Está aquí la intención de la parábola: examinar los frutos para diagnosticar el estado del propio corazón del discípulo. En efecto, “el hecho de que el mensaje no produzca fruto no depende del sembrador ni de la semilla, sino sólo del suelo en el que ésta cae; el destino de la semilla depende exclusivamente de la disposición moral de quien acoge el mensaje. La forma como se describe ese suelo y las condiciones particulares del crecimiento permiten que los lectores se reconozcan en esas distintas actitudes” (M. Grilli).

La meditación del evangelio de hoy nos orienta, en primer lugar, a considerar nuestra actitud de escucha atenta de la Palabra de Dios. Somos invitados a hacer un examen de conciencia sobre nuestro corazón, que es el órgano de escucha de la Palabra y, para ello, hay que ver si estamos dando o no frutos. Y el fruto de una buena escucha de la Palabra es la presencia de Dios en nuestro corazón y nuestro diálogo con Él allí presente, nuestra oración y comunión con Dios, que con el tiempo va cambiando nuestra forma de pensar, de valorar, de sentir y de obrar.

Si la Palabra de Dios no produce estos frutos en nosotros se debe a que no hacemos ningún esfuerzo por comprenderla, no le prestamos suficiente atención y es como una semilla que cae al borde del camino. También puede ser que la escuchemos con entusiasmo al comienzo, pero somos superficiales y nos falta perseverancia para que eche raíces en nuestro corazón y termina por no dar frutos, como una semilla que cae en terreno pedregoso. O también que nuestro corazón esté lleno de preocupaciones y ambiciones materiales que ahogan el crecimiento de la Palabra; como una semilla que cae entre abrojos.

En síntesis, como dijo el Papa Francisco el 16 de julio de 2017: “Jesús nos invita hoy a mirarnos por dentro: a dar las gracias por nuestro terreno bueno y a seguir trabajando sobre los terrenos que todavía no son buenos. Preguntémonos si nuestro corazón está abierto a acoger con fe la semilla de la Palabra de Dios. Preguntémonos si nuestras piedras de la pereza son todavía numerosas y grandes; individuemos y llamemos por nombre a las zarzas de los vicios. Encontremos el valor de hacer una buena recuperación del suelo, una bonita recuperación de nuestro corazón”

En segundo lugar, considerando la comparación de la Palabra del Reino con la semilla, tenemos que preguntarnos si realmente creemos en la fuerza de la Palabra de Dios, que puede realmente cambiar nuestro corazón y nuestra vida. La Palabra de Dios es viva y eficaz; es fuerza de Dios para la salvación del hombre que la recibe creyendo en Ella y dejándola actuar.

En tercer lugar, mirando al sembrador como imagen del evangelizador, somos invitados a no dejarnos paralizar por los rechazos o los fracasos. A pesar de la proporción negativa sobre la suerte de la Palabra (tres fracasos contra un logro), no debemos dejarnos desanimar por el criterio numérico. Hay que anunciar a la Palabra de Dios siempre y en todo momento y lugar. Y a su tiempo dará fruto en aquellos que la sepan valorar. Y este anuncio hay que hacerlo imitando a Jesús: “El sembrador es Jesús. Notamos que, con esta imagen, Él se presenta como uno que no se impone, sino que se propone; no nos atrae conquistándonos, sino donándose: echa la semilla. Él esparce con paciencia y generosidad su Palabra, que no es una jaula o una trampa, sino una semilla que puede dar fruto.” (Papa Francisco)

Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:

  1. ¿Dedico cada día un rato para leer y meditar la Palabra de Dios?
  2. ¿Con cuál de los cuatro tipos de terreno identifico mi corazón?
  3. ¿Creo en la fuerza transformadora de la Palabra de Dios?
  4. ¿Qué me impide ser un sembrador de la Palabra en todo tiempo y lugar?

Gracias Jesús por tu Palabra. Gracias porque en ella encuentro todas las respuestas a mis preguntas. Que en este tiempo mi corazón sea terreno en recuperación para recibir la semilla. Que su fuerza transformadora me impulse a llevarla a todos, en especial a quienes no la han escuchado. y con tu ayuda, siempre dé fruto para el Reino.

Amén.

Jesús, sembrador incansable, que sepa recibir la semilla que esparces.

Durante esta semana me propongo compartir en familia, con amigos o comunidad, un momento orante con la Palabra.

"A Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”, sobre todo cuando dedicamos tiempo para orarla.".

San Ambrosio.

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