131 Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. 2 Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. 3 Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. 4 Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; 6 pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. 7 Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. 8 Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. 9 El que tenga oídos, que oiga».
La famosísima parábola del sembrador, con la respectiva interpretación que el Señor ofrece de ella. En efecto, es caso único en que el divino Maestro presenta una parábola y él mismo hace la correspondiente exégesis o interpretación, facilitando las cosas. Aquí se trata, por tanto, de hacer un comentario sobre el comentario que el divino Maestro hace para la parábola del sembrador. Nos ubicamos en el contexto Mateo, capítulo 13, la parte discursiva de la sección de Mateo que trata sobre la presentación del Reino de Dios, que va del capítulo 11 al 13. Esta parte discursiva ocupa todo el capítulo trece: un discurso bellísimo llamado el discurso parabólico, porque allí Mateo nos dona siete parábolas, mediante las cuales el Señor presenta el Reino de Dios, siendo la primera de ellas, la hermosísima parábola de sembrador.
Es bello que Jesús inicie la presentación del Reino de Dios con la parábola del sembrador, recordando que todos estamos llamados a sembrar Reino de Dios. Es una parábola en la cual todos somos hechos sembradores, terreno en el cual se siembra y semilla que se siembra.
La parábola se puede estructurar en cuatro partes, de acuerdo a los cuatro terrenos que el Señor va proponiendo. En la introducción se afirma que el Señor presenta el Reino de Dios mediante parábolas y el lenguaje de la parábola es expresivo, creativo, proactivo, provocativo, participativo, por cuanto no deja al que escucha fuera de la narración, aislado y marginado, sino implicado, involucrado, desafiado.
Cada uno de los terrenos presentados tiene sus fortalezas y sus debilidades. Parte de la semilla cayó al borde del camino: este primer terreno tiene una fortaleza y es que, como comenta el Señor, escucha la palabra de Dios; pero tiene una debilidad: no la comprende. Comprender es “prender con”, tomar para sí. Característica del primer terreno es la impenetrabilidad del corazón humano que no toma consigo y no injerta en el sistema de vida la palabra del Señor. No la comprende: el divino Maestro más adelante, citando al profeta Isaías, hablará de “comprender con el corazón” (Mt 13,15), porque la comprensión de la palabra implica en el corazón y como decían los santos Padres, sin la implicación del corazón, el texto será siempre letra que mata.
El segundo terreno es terreno pedregoso. Tiene dos fortalezas: primera la escucha y segunda la comprensión: acoge la palabra, comprende la palabra, porque dice el Señor que la “recibe con alegría” (Mt 13,20). Tiene una gran debilidad: la semilla plantada no crece, porque la característica del terreno pedregoso es la superficialidad. En efecto, dice el Señor que “no tiene raíces” (Mt 13,21), “no tiene profundidad” (Mt 13,5) y entonces cuando llega la persecución o las dificultades, por causa de la palabra, lo plantado se seca. El divino Maestro establece la relación entre: la carencia de profundidad es carencia de enraizamiento y la carencia de enraizamiento se vuelve inconstancia. La constancia se vive, mientras no haya pruebas, pero las pruebas someten a examen la profundidad que el mensaje ha logrado.
El tercer terreno es el espinoso, el cual tiene tres fortalezas: escucha la palabra, comprende la palabra, y como fortaleza nueva el crecimiento de lo sembrado. Tiene una debilidad: característica de este terreno es la complejidad. El crecimiento se da en un contexto enredado, enmarañado, confuso, donde lo sembrado comparte terreno con la maleza, es decir, las preocupaciones de la vida presente y la seducción de la riqueza (Mt 13,22) y la semilla nacida y crecida termina por ser asfixiada, sofocada por tanta maleza, porque la palabra no recibe el espacio necesario, porque a la palabra no se le concede la prioridad que ella exige, porque no hay disposición para renunciar a tantas cosas que podrían sofocar la palabra del Señor. Una vida en complejidad donde la propuesta del Reino no recibe la debida prioridad y termina sofocada, asfixiada por las ocupaciones y preocupaciones de la vida.
Cuarto terreno es la tierra buena o tierra hermosa (ἄλλα δὲ ἔπεσεν ἐπὶ τὴν γῆν τὴν καλὴν καὶ ἐδίδου καρπόν (3,8). Sus fortalezas son: escucha la palabra, comprende la palabra, da crecimiento a la palabra; tiene una fortaleza nueva: la palabra da fruto. Ese es el recorrido ideal de la palabra que el Señor espera que se haga realidad en cada uno. El fruto es diverso: del 100%, del 60 o del 30, porque la fecundidad depende del contexto, pero el fruto depende de la implicación y la respuesta de cada persona. No basta con echarle la culpa del propio éxito o fracaso al contexto donde vivimos, al medio social donde crecimos, a las experiencias del pasado, a la historia personal: todo eso nos condiciona, pero no nos determina. Lo único que nos determina son las decisiones que en libertad tomamos, a la luz de la palabra de Dios.
El desafío es ser tierra buena donde la semilla de la palabra de Dios produzca fruto. La Santísima Virgen María, ejemplo de disponibilidad acogedora y de acogida disponible frente a la palabra de Dios, nos ayude a acoger como ella la semilla de la palabra del Eterno.
¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?Gracias Jesús, enviado, misionero y evangelizador y Sembrador,
porque hacernos a todos los bautizados discípulos misioneros.
Ayúdanos a sembrar con tu pasión evangelizadora,
Y a acoger la semilla de tu palabra como tierra buena.
Amén
¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Contempla con los ojos del corazón el rostro de Cristo que el texto sagrado te presenta: el Jesús Sembrador que siembra la propuesta del Reino.
¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
Esta semana frecuentaré un grupo bíblico de mi parroquia y sembraré anunciando la palabra a alguien que lo necesite.
“La semilla divina es depositada en las almas y produce frutos de virtud” (Homilías sobre el Cantar 1-2). ”