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Domingo 29 de enero de 2023
Domingo de la Palabra de Dios
Cuarto domingo durante el año. Ciclo A.
“Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia”,
Sal. 23
Espíritu Santo, ven e ilumíname en este encuentro con la Palabra.
Espíritu Santo, ven y toca mi corazón
para que pueda recibir el evangelio.
Espíritu Santo ven e impúlsame a vivir la Buena Noticia.
Mt 4,25-5,12

25Lo seguía mucha gente de Galilea, la Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.

1 Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó y sus discípulos se le acercaron. 2Entonces comenzó a enseñarles:

3«Dichosos los que tienen espíritu de pobre, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos.
4Dichosos los afligidos, porque recibirán consolación.
5Dichosos los mansos, porque heredarán la tierra.
6Dichosos los que tienen hambre y sed de vivir conforme al plan de Dios, porque él los saciará.
7Dichosos los misericordiosos, porque él también los tratará con misericordia.
8Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
9Dichosos los que trabajan por la paz, porque él los aceptará como sus hijos.
10Dichosos los perseguidos por vivir conforme al plan de Dios, porque de ellos es el Reino de los cielos.
11Dichosos serán cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa.
12Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos, pues del mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».

Algunas preguntas para una lectura atenta

  1. ¿A quiénes declara dichosos o felices Jesús?
  2. ¿Te parece normal que esa clase de personas sean felices?
  3. ¿Esas personas hacen algo para merecer ser felices? ¿Cuáles sí y cuáles no?
  4. ¿Dónde está la causa o razón de la felicidad?
  5. ¿Qué tienen en común la primera y la última bienaventuranza?
  6. Algunas pistas para comprender el texto:
    Mons. Damian Nannini

    En el evangelio de hoy podemos distinguir la introducción narrativa (4,25-5,2), que vale para todo el Sermón de la Montaña (Mt 5-7); y las bienaventuranzas (5,3-12) que son el prólogo del Sermón expresando el gozo por la llegada del Reino.

    La introducción nos presenta el auditorio u oyentes del discurso de Jesús, que es la multitud venida de muchos lugares y que se reúne en torno a Jesús, con un lugar preferencial ocupado por sus discípulos. También nos señala el lugar, una montaña, que tiene un sentido teológico por cuanto remite al monte Sinaí (Ex 19-20) donde Dios estableció su alianza con Israel y reveló allí su voluntad. Nos dice también que Jesús se sienta, siendo esta la posición típica del maestro; y que desde allí comienza a enseñar.

    Siguen luego las ocho “bienaventuranzas”; porque si bien el adjetivo makarioi (felices, dichosos) aparece 9 veces, la novena vez (5,11) es mejor considerarla como una ampliación de la octava bienaventuranza con la intención de aplicarla a la gente presente pues pasa de la 3a a la 2a persona plural.

    La primera y la octava bienaventuranzas están ambas en tiempo presente y tienen el mismo final (“porque de ellos es el Reino de los cielos). Las otras seis están formuladas en futuro. Las ocho tienen una estructura común donde distinguimos tres elementos:

    1. Un adjetivo en posición predicativa; se presupone el verbo ser: “Felices son...”.

    2. Un sujeto con artículo que se refiere a personas caracterizadas por una situación penosa desde el punto de vista humano (los pobres, los pacientes, los que lloran; los perseguidos) o una actitud positiva (los misericordiosos, los que obran la paz, los puros de corazón, los que tienen hambre y sed de justicia).

    3. Una acción divina introducida por un “porque” causal que da el motivo de la felicidad. Describe la forma cómo los hombres son alcanzados por la acción de Dios (son pasivos teológicos)

    La causa o motivo de la felicidad es lo que aparece al final de cada bienaventuranza, que es la acción de Dios a favor de las personas: darles el Reino, consolarlos, saciarlos, recibir misericordia, etc. Justamente porque viene de Dios se trata de una felicidad que viene a nosotros, no de una felicidad producida por nosotros; y se trata de una felicidad plena, tal el sentido del término makarioi.

    El segundo miembro de cada oración describe la condición o la situación de las personas que se verán favorecidas por la acción de Dios.

    Por tanto, Jesús declara felices a un cierto grupo de personas porque reciben el Reino de Dios. Este es el motivo o causa de la felicidad: la llegada del Reino. Y esta felicidad puede convivir con situaciones penosas (aflicción; insultos y persecución) y es la recompensa de los que se esfuerzan por sintonizar con los valores del Reino (alma de pobres; paciencia; hambre y sed de justicia, misericordiosos, corazón puro; trabajan por la paz).

    En síntesis, "El Discurso Evangélico presupone la presencia de la salvación de Dios, que ya comienza a reinar. A este presupuesto quiere remitir el sumario anterior, y está implícito en las Bienaventuranzas con las que comienza. Dios primero perdona, hace al hombre hijo suyo y hermano de sus hijos, invita a tomar conciencia de esta realidad con alegría y después nos indica cómo tenemos que actuar. Este presupuesto es básico para no convertir en pura ética o en pura Ley el contenido del discurso, quitándolo así su carácter de "Evangelio" (A. Rodríguez Carmona). También es interesante la opinión de M. Grilli: “Las bienaventuranzas de Mateo son ante todo la aclamación gozosa de una «presencia» en medio a categorías humanas que no pertenecen al orden constituido ni a los poderes de este mundo. La alegría, por tanto, consiste en constatar que Dios todavía una vez más es fiel a su nombre y los criterios humanos de pens ar y hacer”.

Jesús comienza el sermón del Monte hablando de la felicidad: “bienaventurados, felices”. De este modo el evangelio se conecta con uno de los deseos más profundos y universales del hombre, porque todos queremos ser felices. Clar o, ya sabemos que a la hora de precisar en qué consiste la felicidad y cuál es el camino para alcanzarla aparecen una infinidad de definiciones y caminos. Pues bien, Jesús nos enseña hoy en qué consiste la felicidad para Dios y cuál es el camino para recib irla. Y este camino es al mismo tiempo el de la santidad, el de la plenitud de la vida cristina. Al respecto dice el Papa Francisco: “Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,312; Lc 6,2023). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas. La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Di os y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (G. E. 6364).

Para decirlo de modo breve y claro: para Jesús la felicidad y la santidad consiste en recibir el Reino de Dios, en dejarse tocar por la acción de Dios en nuestra vida, má s allá de las circunstancias, buenas o malas, que estemos pasando. Esta felicidad o plenitud de vida no se conquista, se recibe con don, como gracia. Sí hace falta convertirnos y creer en el evangelio, creer en que Dios quiere y puede llenarme de alegría y felicidad. En efecto: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Francisco, El gozo del evangelio, 1).

Jesús fue quien primero vivió las bienaventuranzas en su vida y, por eso, nos las propuso no como nuevas exigencias éticas sino como un camino de confianza y abandono en Dios. Para entender y viv ir las bienaventuranzas hay que mirarlo a Él y seguirlo. Como bien nota un autor: “Jesús nos dirige, de hecho, un discurso de revelación. En lugar de decirnos: si quieres ser feliz, debes hacerte un alma de pobres, Jesús nos dice: mira donde se encuentra l descubrirás fijando los ojos en mí y descubriendo en mí es a a felicidad; la alma de pobre, ligada a la experiencia de la verdadera felicidad. Y después de haber fijado tu mirada en mí, ¿no puedes descubrir ya que, en la medida en que entres en la verdadera experiencia de pobreza, tocarás también algo de la verdadera felicidad?” (S. Decloux).

Insistimos en la necesidad de la fe y confianza en Jesús, porque el camino de las bienaventuranzas va claramente a contracorriente de por dónde nos lleva el mundo. El P apa Francisco nos lo dice con claridad: “Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo, van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en rea lidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoí smo, de la comodidad, del orgullo” (G.E. 65).

Podemos terminar con una frase del siervo de Dios Guillermo Muzzio, joven seminarista que falleció de leucemia antes de poder ordenarse sacerdote: “hacer la voluntad de Dios y ser feliz es lo mismo, gracias Jesús porque todo es tan simple".

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Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:
  1. ¿Qué es ser feliz para mí y dónde busco serlo?
  2. ¿Logré sentirme plenamente feliz sin importar las circunstancias?
  3. ¿He probado caminar por la senda de las bienaventuranzas?
  4. ¿Tengo alguna experiencia para compartir de haber recibido una gracia del Señor que me hizo muy feliz?
  5. ¿Vivo mi fe con alegría y serenidad todo el tiempo?


Gracias Jesús por convocarme a la felicidad.
Quiero que juntos nos encaminemos a tu sueño, a mi plenitud.
Que no sea fotocopia de otros, dame encontrar mi originalidad.
Dame la audacia para ir hacia la santidad,
dejando atrás todo interés, todo aplauso.
Cuento, Señor, con tu gracia.

Amén.

Jesús haz que juntos nos encaminemos a tu sueño.
Durante esta semana me propongo elegir una bienaventuranza para meditarla y tener algún gesto concreto hacia un familiar o hermano de comunidad.

“Quiero ser santa pero no a medias, sino completamente... En lugar de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad”,

Santa Teresita del Niño Jesús.