25Lo seguía mucha gente de Galilea, la Decápolis, Jerusalén, Judea y del otro lado del Jordán.
1 Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó y sus discípulos se le acercaron.
2Entonces comenzó a enseñarles:
3«Dichosos los que tienen espíritu de pobre, porque a ellos pertenece el Reino de los cielos.
4Dichosos los afligidos, porque recibirán consolación.
5Dichosos los mansos, porque heredarán la tierra.
6Dichosos los que tienen hambre y sed de vivir conforme al plan de Dios, porque él los saciará.
7Dichosos los misericordiosos, porque él también los tratará con misericordia.
8Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
9Dichosos los que trabajan por la paz, porque él los aceptará como sus hijos.
10Dichosos los perseguidos por vivir conforme al plan de Dios, porque de ellos es el Reino de los cielos.
11Dichosos serán cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa.
12Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos, pues del mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».
Jesús comienza el sermón del Monte hablando de la felicidad: “bienaventurados, felices”. De este modo el evangelio se conecta con uno de los deseos más profundos y universales del hombre, porque todos queremos ser felices. Clar o, ya sabemos que a la hora de precisar en qué consiste la felicidad y cuál es el camino para alcanzarla aparecen una infinidad de definiciones y caminos. Pues bien, Jesús nos enseña hoy en qué consiste la felicidad para Dios y cuál es el camino para recib irla. Y este camino es al mismo tiempo el de la santidad, el de la plenitud de la vida cristina. Al respecto dice el Papa Francisco: “Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,312; Lc 6,2023). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas. La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Di os y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (G. E. 6364).
Para decirlo de modo breve y claro: para Jesús la felicidad y la santidad consiste en recibir el Reino de Dios, en dejarse tocar por la acción de Dios en nuestra vida, má s allá de las circunstancias, buenas o malas, que estemos pasando. Esta felicidad o plenitud de vida no se conquista, se recibe con don, como gracia. Sí hace falta convertirnos y creer en el evangelio, creer en que Dios quiere y puede llenarme de alegría y felicidad. En efecto: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Francisco, El gozo del evangelio, 1).
Jesús fue quien primero vivió las bienaventuranzas en su vida y, por eso, nos las propuso no como nuevas exigencias éticas sino como un camino de confianza y abandono en Dios. Para entender y viv ir las bienaventuranzas hay que mirarlo a Él y seguirlo. Como bien nota un autor: “Jesús nos dirige, de hecho, un discurso de revelación. En lugar de decirnos: si quieres ser feliz, debes hacerte un alma de pobres, Jesús nos dice: mira donde se encuentra l descubrirás fijando los ojos en mí y descubriendo en mí es a a felicidad; la alma de pobre, ligada a la experiencia de la verdadera felicidad. Y después de haber fijado tu mirada en mí, ¿no puedes descubrir ya que, en la medida en que entres en la verdadera experiencia de pobreza, tocarás también algo de la verdadera felicidad?” (S. Decloux).
Insistimos en la necesidad de la fe y confianza en Jesús, porque el camino de las bienaventuranzas va claramente a contracorriente de por dónde nos lleva el mundo. El P apa Francisco nos lo dice con claridad: “Aunque las palabras de Jesús puedan parecernos poéticas, sin embargo, van muy a contracorriente con respecto a lo que es costumbre, a lo que se hace en la sociedad; y, si bien este mensaje de Jesús nos atrae, en rea lidad el mundo nos lleva hacia otro estilo de vida. Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoí smo, de la comodidad, del orgullo” (G.E. 65).
Podemos terminar con una frase del siervo de Dios Guillermo Muzzio, joven seminarista que falleció de leucemia antes de poder ordenarse sacerdote: “hacer la voluntad de Dios y ser feliz es lo mismo, gracias Jesús porque todo es tan simple".
a
Gracias Jesús por convocarme a la felicidad.
Quiero que juntos nos encaminemos a tu sueño, a mi plenitud.
Que no sea fotocopia de otros, dame encontrar mi originalidad.
Dame la audacia para ir hacia la santidad,
dejando atrás todo interés, todo aplauso.
Cuento, Señor, con tu gracia.
Amén.
“Quiero ser santa pero no a medias, sino completamente... En lugar de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad”,