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Domingo 10 de mayo de 2026
Sexto domingo de Pascua

“Vengan a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres” Sal 6
Espíritu Santo, Paráclito divino, ven.
Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, condúcenos a la verdad.
Espíritu Santo, danos hambre de tu verdad, en la lectura de la Palabra.
Espíritu Santo, dadnos el amor, para testimonia tu presencia entre nosotros
my en nosotros. Amén.
Jn 14, 15-21

1415 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16 Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 17 Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. 18 No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 19Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20 Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21 El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él»

Algunas preguntas para una lectura atenta

  1. ¿Cuántas veces encuentras la palabra? “amor”
  2. ¿Cuántas triadas se hallan en el texto?
  3. ¿Cómo es presentado el Espíritu por Jesús?
  4. ¿Cómo es presentada la relación del Espíritu con los discípulos?
  5. ¿Cuál es el contexto literario del texto?
Algunas pistas para comprender el texto:
Francisco León Oquendo Góez. Pbro.
El contexto literario es la primera parte del discurso de despedida (13,36-14,31). El texto que escuchamos hace parte de la respuesta de Jesús a la intervención de Felipe (14,9-21), quien propone a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (14,8).
El texto puede dividirse en dos partes: la promesa del Espíritu (vv. 15-17) y la comunión con Dios (vv. 18-21), ambas partes enmarcadas por la idea del amor a Cristo vivido como observancia de sus mandamientos (vv. 15.21).
La construcción del texto refleja el aleteo del Espíritu entre sus letras. Han de notarse algunos elementos literarios particularmente llamativos. Primero, las cinco veces en que se halla el verbo “amar”, precisamente como cuadro, en los versículos que están en los extremos (v. 15 x1; v.21 x4).
No pueden pasar desapercibidas las siete triadas que el texto contiene. Primera: tres veces se lee el verbo “conocer” (17x2; 20); segunda: tres veces se encuentra el verbo “ver” (17. 19x2); tercera: tres frases indican al Espíritu en los versículos 16-17: otro Paráclito, para que esté con vosotros, el Espíritu de la verdad. Cuarta: tres frases indican la relación del Espíritu y los discípulos en el versículo 17: vosotros lo conocéis, con vosotros mora, en vosotros estará. Quinta: de estas seis frases sobre el Espíritu, tres tienen una estructura similar: para que esté siempre con vosotros, porque permanece con vosotros, estará en vosotros. Sexta: tres expresiones indican la relación del Espíritu con el mundo en el versículo 17: el mundo no puede recibirlo, el mundo no lo ve, el mundo no lo conoce. Séptima: tres expresiones indican la comunión entre Dios y los discípulos en el versículo 20: yo estoy en el Padre, vosotros en mí, yo en vosotros.
El Espíritu es promesa de Dios y es el Dios prometido. Es promesa de Dios ya en el Antiguo Testamento y es la promesa de Cristo en el contexto de la última cena. El Espíritu es don del Padre concedido gracias a la oración del Hijo (v.16). No recibimos el Espíritu sin el Padre y sin el Hijo: el Hijo que lo pide para nosotros y el Padre que lo dona. El Espíritu es don donado para hacer de nuestra vida donación viva. El Espíritu es don debido a la oración del Hijo que ora por nosotros con gemidos indescriptibles (Rm 8,26).
El Espíritu es el Dios prometido. El divino Maestro lo presenta como “otro paráclito” (ἄλλον παράκλητον (Jn 14,16). Jesús es el Paráclito (1Jn 2,1) y ahora Jesús mismo presenta al Espíritu como el otra Paráclito, colocándolo exactamente a su mismo nivel. El Espíritu es Dios como el Hijo es Dios. El Espíritu es de condición divina como de condición divina es Jesucristo mismo. Así como Dios se ha hecho presente entre los hombres al encarnase el Hijo y poner su tienda entre los hombres (Jn 1,14), así, ahora que el Hijo vuelve al Padre, la presencia de Dios es prometida y garantizada mediante la donación del Dios Espíritu Santo “para que permanezca con vosotros para siempre” (ἵνα μεθ᾽ ὑμῶν εἰς τὸν αἰῶνα ᾖ (Jn. 14,16).
La presencia del Espíritu es singular y esta particularidad es lo que el evangelista ha expresado con las tres frases de estructura similar: “para que esté siempre con ustedes” (v.16) que indica la durabilidad de su presencia. El adverbio “siempre” indica garantía presente de una presencia garantizada del Espíritu en cada fase de nuestra historia. “Porque está con ustedes” (v.17) señala su presencia eclesial, pues de la Iglesia es alma; “estará en ustedes” (v.17) indica su presencia personal, pues ha constituido a cada cristiano en templo suyo. La presencia del Espíritu está garantizada en el tiempo y el espacio. Estará para siempre y estará en la Iglesia y en el alma de cada persona como en su templo.
La presencia del Espíritu en la Iglesia y en cada uno de los discípulos genera aquella comunión de la cual el Espíritu es autor y creador. “en aquel día conocerán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”. Es significativa la triple repetición de la preposición “en”. Los discípulos viven una comunión con Cristo que refleja la comunión que el Hijo vive con su Padre.
Esa comunión se hace en la vivencia del amor agape, que es don del Espíritu (Rm 5,5). Se note el verbo “amar” (agapáo) en cinco ocasiones, casi como un nuevo pentateuco de la vida cristiana. Los mandamientos de Cristo (v.15.21) son las distintas maneras en que los discípulos deberán conjugar el verbo amar, según lo exijan las circunstancias cambiantes. El Espíritu regala la posibilidad de amar y la posibilidad de declinar el amor, según las exigencias de los distintos contextos, de manera que mediante el amor observador y la observancia amorosa vivamos una comunión bella y belleza comunional que refleje la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu.
Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:
  1. ¿Entendemos los mandamientos de Cristo como distintas maneras de conjugar el amor, según lo exijan las circunstancias?
  2. ¿Creemos en el Espíritu como Espíritu de la verdad?
  3. ¿Creemos en la divinidad del Espíritu, el otro paráclito?
  4. ¿Estamos viviendo el amor que el Espíritu derrama en nuestros corazones?
  5. ¿Vivimos la unidad del Espíritu en la comunión con Dios y los demás?
¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?

Gracias Jesús, por pedir al Padre el don del Espíritu.
Gracias Santo Espíritu por ser nuestro Paráclito y por permanecer con nosotros para siempre,
Gracias por ser alma de la Iglesia y por constituirnos en templos tuyos.
Gracias, Santo Espíritu, por derramar en nuestros corazones el amor.
Amén.

¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?

Contempla con los ojos del corazón el rostro de Cristo que el texto sagrado te presenta: Jesús promete y pide al Padre para nosotros otro Paráclito, el Espíritu de la verdad, autor de la comunión en el amor.

¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

Esta semana haré una buena obra que exprese el amor y generaré una experiencia de comunión que implique a quienes viven en soledad o en situación de exclusión.

“Allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia”

San Ireneo de Lyon, AH III,24,1