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Domingo 30 de Agosto de 2026
Domingo 22 A del tiempo ordinario

“Tú gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios” Sal. 62
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Espíritu Santo, ayúdanos a permanecer detrás de Jesús, en el puesto de los discípulos.
Espíritu Santo, dadnos la gracia de seguir al Maestro, negándonos a
nosotros mismos, tomando la propia cruz.
Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, concédenos la gracias de perder la
vida por Cristo, para encontrarla de verdad.
Amén.
Mt 16, 21-27

21 Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. 22Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». 23 Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». 24 Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. 25  Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.  26¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? 27Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Algunas preguntas para una lectura atenta

  1. ¿Notas cómo presenta Jesús su mesianismo?
  2. ¿Cómo reacciona Pedro frente a la propuesta de mesianismo sufriente de Cristo?
  3. ¿En qué lugar ubica Jesucristo a Pedro?
  4. ¿Cuáles son las exigencias para seguir a Jesús?
  5. ¿Descubres la fuerza de las dos preguntas que se hallan en este paso del evangelio?
Algunas pistas para comprender el texto:
Francisco León Oquendo Góez. Pbro.
El evangelio puede dividirse en dos partes: la presentación del mesías sufriente y la reacción de Pedro (vv. 21-23) y las exigencias del discipulado (vv. 24-27).
Jesús, Mesías e Hijo de Dios, comienza a explicar a sus discípulos su mesianismo, e inicia identificándose con el personaje que Isaías había llamado el “Siervo del Señor”, de quien se preanunciaba que salvaría a través de su sufrimiento redentor y redención dolorosa. Por ello, el divino Maestro afirma que cuatro cosas son necesarias, entendiendo por necesarias las cosas que corresponden al proyecto de Dios: primera, ir a Jerusalén; segunda, sufrir muchas cosas; tercera, morir; cuarta, resucitar al tercer día (v.21). Los sufrimientos dolorosos y dolores sufridos le provienen de tres fuentes: el poder político de la época (ancianos), el poder religioso (sumos sacerdotes) y el poder cultural o intelectual (escribas). La propuesta de Jesús se enfrenta contra la oposición poderosa y poderes opositores de este mundo. La lógica del amor sucumbe ante la lógica del poder.
Pedro reacciona con cuatro acciones: primero, trae a Jesús hacia sí, pues ese es el sentido del verbo “προσλαβόμενος”, en vez de sentirse atraer por Cristo; segunda, comenzó a regañar a cristo, es más el verbo griego “ἐπιτιμᾶν” tiene el sentido de “exorcizar”, como si Pedro considerase que la idea de un Mesías humillado en su derrota y derrotado en su humillación fuese una idea diversa y perversa que debía ser exorcizada; tercero: Pedro le dice, “lejos de ti tal cosa”; cuarta: rotundamente le dice: “eso no puede pasarte” (v.22). A Pedro le cuesta aceptar la propuesta de mesianismo de Jesús, un mesianismo conforme al plan de Dios, un mesianismo que no se impone mediante el amor al poder, sino mediante el poder del amor.
Jesús reacciona mediante cuatro elementos: primera, se vuelve, es decir, vuelve al camino del cual Pedro lo ha desviado; segunda, ubica a Pedro en el puesto que le corresponde como discípulo: “ve, atrás de mí (ὕπαγε ὀπίσω μου), satanás”; tercero, le dice a Pedro: eres escándalo para mí, es decir, genera desviación o tropezón en el camino; cuarto, le explica la causa: “no piensas como Dios, sino como los hombres”. Todo discipulado implica volverse, es decir, conversión permanente, para caminar detrás de Jesús, asumiendo los criterios de Dios. El discípulo es el que se ubica detrás del Maestro para caminar detrás de él: conocimiento que se hace amor, amor que se hace seguimiento, seguimiento que se hace imitación, imitación que se hace conformación.
Entonces el divino Maestro se dirige a sus discípulos, mediante cuatro exhortaciones: una invitación y tres imperativos. La invitación es un desafío a la libertad decisiva y decisión libre: “si alguno quiere venir detrás de mí”. La vocación es un llamado a la libertad, en libertad y para la libertad. Jesús quiere ser seguido con fuerza, pero no por la fuerza; él no se impone, ni indispone, sino que propone, dispone y compone.
Los tres imperativos expresan exigencias difíciles, dificultades condicionadoras, condiciones para el seguimiento. Son renuncias que anuncian el peso central y la centralidad pesada que Jesús adquiere en la propia vida. “Niéguese a sí mismo” (ἀπαρνησάσθω ἑαυτὸν) contiene la exigencia de ascesis renunciadora y renuncia ascética que llevan a descentrarse, vaciarse de sí mismos, para dar centralidad al Maestro. “Tome su cruz” (ἀράτω τὸν σταυρὸν αὐτοῦ (Mat 16,24) es el llamado al amor entendido como donación de la propia vida, total donación de sí. La negación de sí mismos lleva a la posesión de sí que hace posible la donación de sí. “Y me siga” (ἀκολουθείτω μο (Mat 16,24): seguir a Cristo Maestro como referente que hace que la vida sea diferente. El seguimiento de Cristo nos da calidad e identidad: nos hace discípulos misioneros que caminan juntos: una Iglesia sinodal.
Tomar la decisión de donar la vida, esto es, tomar la propia cruz, y seguir al divino Maestro con todo lo que implica de tenacidad resistente, resistencia constante, constancia perseverante, perseverancia paciente, paciencia amorosa, puede ser leído desde la lógica mundana como una pérdida, un perjuicio, un desperdicio de la vida. Por ello el Señor, sabio maestro, con lenguaje sapiencial, nos regala un paralelismo con cuatro miembros: “el que quiera salvar su vida, la perderá; el que pierda su vida por causa mía, la encontrará”. Perder la vida por Cristo es encontrarla, donar la vida por Cristo es salvarla.
De nuevo el Señor presenta una afirmación con cuatro elementos, los cuales componen dos preguntas retóricas: ¿de qué le servirá al hombre, ganar el mundo entero, si pierde su alma?, ¿qué podrá dar para encontrarla? El mundo y todo lo que hay en el pasarán: sic transit gloria mundi. El alma en cambio ha sido creada para la eternidad: no es sabio perder lo permanente, por ganar lo contingente; no es sabio perder lo duradero, por ganar lo transitorio.
PTermina el Señor con una afirmación compuesta siempre de cuatro elementos: primero, el Hijo del hombre vendrá; segundo, con la gloria de su Padre; tercero, con sus ángeles; cuarta, pagará a cada uno según su conducta. El seguimiento de Cristo mediante el discipulado no obtiene su recompensa en la vida temporal, sino en la eterna. En la existencia terrena genera vida plena, en la eternidad, plenitud eterna. María, la Virgen Madre, nos ayude a ser discípulos misioneros como ella, siguiendo con fidelidad al Maestro, para que en él tengamos vida.
Continuamos la meditación con las siguientes preguntas:
  1. ¿Nos mantenemos en el lugar del discípulo, es decir, detrás del Maestro?
  2. ¿Entendemos la negación de sí mismos como posibilidad de donación de sí mismos?
  3. ¿Estamos intentando ganar el mundo, a precio de la pérdida del alma?
  4. ¿Cómo estamos perdiendo nuestra vida por Cristo?
  5. ¿Tomamos la cruz propia, es decir, la decisión de donar la vida?
¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?

Gracias Jesús, por revelarnos tu identidad de Mesías e Hijo del Dios vivo,
Gracias por invitarnos al discipulado en libertad.
Gracias, por darnos la gracia de seguirte, mediante la negación de sí y la decisión de
tomar como cruz la decisión de donar la vida,
Concédenos la gracia de donar nuestra vida por ti, para encontrarla.
Amén

¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?

Contempla con los ojos del corazón el rostro de Cristo que el texto sagrado te presenta: el Jesús Mesías sufriente, que enfrenta la oposición del mundo que lo lleva a la muerte y que invita a seguirlo, mediante la negación de sí y la donación de sí, condiciones para hallar en él la vida.

¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

Esta semana redescubriré el valor de la renuncia, como camino de libertad

“Él da a los hombres que le siguen y le sirven la vida, la incorrupción y la gloria eterna. El que puedan servirle es un beneficio que él hace a los que le sirven y el que puedan seguirle a los que le siguen, sin que reciba de ellos beneficio, porque Dios es rico, perfecto y sin necesidad de nada” (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, 4,14,1).

San Ambrosio, Sobre la fe, IV,56”.