20 1 El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. 2 Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». 3Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. 4 Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; 5 e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. 6 Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos 7 y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. 8 Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 9 Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
¿Qué me dice el Señor en el texto?
Llama la atención el escenario de la narración, constituido por el sepulcro, palabra que se encuentra siete veces. El sepulcro es el signo del poder de la muerte, pues representa la capacidad de la muerte de encarcelar para siempre a quienes caen bajo su poder mortal y mortalidad poderosa. El sepulcro es signo del reino de la muerte que a todos devora, es símbolo elocuente del humano definitivamente derrotado, de la victoria de la muerte sobre el anhelo de vida. El sepulcro es el lugar de la muerte visible, tangible, que a todos contiene y retiene. El sepulcro es un lugar lleno de los trofeos de su macabra, fúnebre y lúgubre victoria.
En el evangelio, en cambio, el sepulcro está vacío, es un sepulcro vacío, desocupado, deshabitado, derrotado. La piedra ha sido quitada, en el hay algo, pero ya no hay nadie. Siete veces se halla la palabra sepulcro, como indicando que la muerte perfecta ha sido perfectamente vencida por la vida perfeccionadora. Cristo resucitado es la vida que vence, que prevalece, que triunfa, que impera, que reina. El reino de la muerte ha sido saqueado, despojado y de la muerte el mortal es liberado, gracias a la feliz victoria de Cristo resucitado.
Llama la atención en la narración del evangelio el campo semántico del movimiento dinámico y la dinamicidad movida. Los verbos que indican movimiento (salir, correr, ir, salir, entrar) son en total doce, siendo sin duda los más repetidos. Esto da a la escena una dinamicidad vital y vitalidad dinámica maravillosa y contagiosa. Todos los personajes están en movimiento y la dinamicidad de ellos contrasta con la pasividad de los elementos vinculados a la muerte de Cristo, como los lienzos y el sudario que, en cambio, no se mueven, están todos estáticos, puestos allí. Contrasta la quietud de los elementos con la inquietud de quienes corren al lugar de la muerte para constatar la victoria de la vida.
El número doce es una cifra simbólica, pues indica al pueblo del resucitado recorriendo los caminos el mundo en comunidad sinodal y sinodalidad comunitaria (corrían juntos: Jn 20,4) para irradiar la vitalidad del resucitado, para testimoniar la fuerza irresistible de la vida. Como el discípulo amado, la Iglesia vio y creyó y desde entonces recorre los senderos del mundo anunciando la victoria viva de la Vida victoriosa, mediante el kerigma y el testimonio.
Gracias Jesús, nuestro Señor de la vida y vencedor de la muerte,
porque tu sepulcro vacío sigue proclamando el triunfo de la vida.
Gracias, por hacernos renacer para la esperanza,
y la certeza de que nuestra existencia no termina con la muerte.
Dadnos pies veloces y ágiles para anunciar al mundo tu resurrección,
Para correr en sinodalidad y anunciar tu evangelio de la vida
Amén.
¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Contempla con los ojos del corazón el rostro de Cristo que el texto sagrado te presenta: el Señor resucitado presente en todas partes, menos en el sepulcro.
Esta semana seré testigo con mi manera de vivir de que Cristo está vivo y presente entre nosotros.
“Es bello para mí morir para Cristo Jesús, más que reinar hasta los confines de la tierra; busco a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros; mi nacimiento está cerca”