37 El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40 El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; 41 el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. 42 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
El divino Maestro no está proponiendo no amar a padre y madre, a hijos o hijas, pues estaría contradiciendo el cuarto mandamiento. Lo que propone exigiendo y exige proponiendo es que el discipulado ha de tener como fundamento un amor a él, más grande (ὑπὲρ ἐμὲ) que el amor que se concede a quienes nos unen los vínculos de sangre: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10,37).
El amor a Cristo no empobrece, sino que enriquece el amor a la familia. Quien más ama a Cristo y le da la primacía preeminente y preeminencia primera, en el amor a Cristo ama a su familia con un amor renovado, purificado, elevado, dignificado, santificado. Quien empobrece el amor a Cristo, por dar prioridad a otros amores, termina empobreciendo también los demás amores y el amor a los demás.
Renovar cada día la opción de amar y de amar a Cristo sin anteponerle nada, ni nadie, es “tomar la cruz” (λαμβάνει τὸν σταυρὸν αὐτοῦ). Cristo abraza la cruz para mostrar y demostrar cuánto nos ama, la prioridad que él ha dado a la voluntad del Padre y a nuestra salvación, tanto de donarse totalmente por nosotros. Nos invita a tomar la cruz, es decir, a tomar la decisión de amarlo sobre todos y sobre todos e impulsado por este amor, caminar detrás de él como discípulos misioneros que caminan juntos, una Iglesia sinodal.
Es acogiendo a los discípulos como acogemos a Dios: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado” Ὁ δεχόμενος ὑμᾶς ἐμὲ δέχεται, καὶ ὁ ἐμὲ δεχόμενος δέχεται τὸν ἀποστείλαντά με: 10,40). Qué identidad, dignidad y responsabilidad tan grande la de los discípulos misioneros: ellos son la presencia cercana y cercanía presente de Dios, acogiendo a los enviados convertimos la vida en una “tienda del encuentro”, acogemos a Dios como lo hizo Abraham en la encina de Mambré (Gn 18).
Quien actuará conforme a la promesa compensadora de la recompensa prometida recibirá justamente recompensa de profeta y proféticamente recompensa de justo. Una recompensa grandemente bella y bellamente grande como los dones de Dios, por haber sostenido a los discípulos misioneros con el amor refrescante y la frescura amorosa contenida en un vaso de agua. “El anuncio del Evangelio sólo es creíble cuando se traduce en gestos de cercanía y de acogida” (León XIV, Dilexit te, 75).
María, la virgen Madre, quien acogió al Verbo eterno en su seno virginal, nos ayude a ofrecer el amor que da prioridad, y la acogida vivida como generosidad.
¿Qué le respondo al Señor que me habla en el texto?Gracias Jesús, enviado, misionero y evangelizador,
porque hacernos a todos los bautizados discípulos misioneros.
Ayúdanos a darte la prioridad absoluta en nuestras vidas,
Anunciado tu evangelio para que nuestros pueblos tengan en ti la vida.
Amén
¿Cómo hago propias en mi vida las enseñanzas del texto?
Contempla con los ojos del corazón el rostro de Cristo que el texto sagrado te presenta: el Jesús que te pide el amor más grande, la prioridad en tu corazón y que te pide acogida en sus enviados.
¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?
Esta semana realizaré un acto de acogida, a favor de personas que sufren exclusión, los descartados de nuestra sociedad.
“No anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros”